Viaja al alma de Gran Canaria.

NATURALEZA, CULTURA Y GASTRONOMÍA

Gran Canaria solo hay una. Pero no lo parece. Bajo el manto de un clima benigno que cubre a la isla durante todo el año se agazapan decenas de microclimas que otorgan una variedad de paisajes que cambian con la misma facilidad con la que se pasan las páginas de un libro. Adentrarse en el interior de Gran Canaria supone hacer varios viajes en un día. Incluso en el transcurso de unas pocas horas es posible verse envuelto por la bruma, contemplar oasis de palmeras, andar junto a una presa, alcanzar la base de un roque de apariencia lunar, juguetear en una cascada o adentrarse en cañones desérticos que se precipitan desde las alturas.
En Gran Canaria cada día es distinto, una isla que no deja indiferente gracias a un paisaje que se nos presenta como un truco de magia para los sentidos que quizás se haya inventado en las profundidades de los reductos de laurisilva, un bosque húmedo desaparecido en la mayor parte del planeta y que en la isla parece encontrar su mayor apogeo. Un lugar mágico para el sueño de hadas, magos y duendes.

Explora sus medianías

El interior de la isla muestra a quien lo recorra una realidad atlántica donde la naturaleza y el ser humano han alumbrado algo único. En los pueblos de las medianías y de cumbre o en la más árida y agreste vertiente sureste se suceden escenas de tradiciones centenarias que aún forman parte del día a día: agricultores que aran los campos con la ayuda de bueyes, personas que se adentran en la frondosidad y reaparecen al tiempo cargadas de plantas medicinales, o de leña, de tascas de pueblo donde se conversa y se escucha.

Saborea su gastronomía

Gran Canaria también logra atrapar al visitante con la ayuda de sus aromas y sabores. La gastronomía tradicional que se refugia en el interior de la isla, entre barranqueras, quebradas, roques y montañas, realiza un largo viaje antes de acabar en el plato. Cada manjar posee su propia biografía. Así, los suculentos y afamados quesos insulares, consagrados en incontables certámenes nacionales e internacionales, echan a andar literalmente al amanecer, junto a los pastores que guían a los rebaños en busca de los mejores pastos. Las papas ‘del país’ inician su periplo entre las manos de quienes las cultivan y las cosechan con la mirada clavada en la tierra y el pensamiento en vilo, a la espera de una lluvia mansa y buena.

En algunos enclaves, como en Valleseco, los manzanos producen un tipo peculiar de esta fruta pequeña pero vigorosa que sirve de base para la elaboración de sidras y de una rica repostería local. En otros parajes, el retablo blanco del florecimiento de los almendros es el delicado preludio de una cosecha de almendras dulces y amargas. En el prodigioso Valle de Agaete, una de esas islas dentro de la isla sin fin, hay quien cultiva su propio café arábico, porque aquí lo sorprendente puede llegar a ser costumbre.

Recorre sus senderos y conoce su legado aborigen

Ser testigo de la belleza de sus paisajes es posible recorriendo su densa red de senderos y caminos reales, arterias que ofrecen la oportunidad de conocer las profundidades de la geografía y el alma de este todavía inesperado y sorprendente rincón atlántico cuyos inmensos valores naturales, etnográficos y geológicos han sido abrazados por la comunidad internacional a través de la declaración de gran parte de su territorio y de parte de su franja marítima como Reserva de la Biosfera, como Patrimonio Mundial de la Humanidad en la figura del Paisaje Cultural de Risco Caído y las Montañas Sagradas de Gran Canaria o en la declaración de sus cielos como Reserva Starlight.

La Reserva de la Biosfera atesora más de un millar de especies autóctonas, casi 300 endemismos y vertebrados únicos en el mundo como el lagarto gigante de Gran Canaria, que puede alcanzar hasta los ochenta centímetros de longitud. El Paisaje Cultural de Risco Caído y las Montañas Sagradas reconoce la gestación de una cultura aborigen de carácter extraordinario que evolucionó en aislamiento durante más de 1.500 años y que estableció un diálogo con los astros. Este legado aborigen se percibe en espacios como La Fortaleza con sus grabados rupestres y sus muros defensivos, ecos de un pasado extraordinario.


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